jueves, 28 de septiembre de 2006

La historia de mi bisabuelo.

Os presento a mis bisabuelos. Hace unas semanas estuve en Murcia y me encontré con esta foto, que había estado dando vueltas por casa de mi abuela. Me llamó mucho la atención ese bigote engominado. ¿Verdad que es increíble? Al observar a mi bisabuelo con atención me di cuenta de que no sabía nada de él: apenas el nombre y un par de anécdotas. Entonces le pregunté a mi abuela, y ella me contó una historia impresionante. A ver qué os parece.
Se llamaba Ricardo y había nacido en Santomera, Murcia, en 1881 (sólo tres años antes de que Clarín publicase La Regenta). De joven tuvo que ser un tipo listo y con ganas de aprender, porque todos los días se iba andando a la universidad, que estaba a 16 kilómetros de su casa. Así consiguió sacarse el título de magisterio y comenzó a ejercer en San Javier, otro pueblo de Murcia. Cuando tenía 26 años se casó con mi bisabuela, que es la señora de la foto, y a partir de ese momento el matrimonio comenzó un periplo por España. De San Javier, Ricardo fue trasladado a Alzira, en Valencia, y desde allí a Albacete.
Precisamente en Albacete es donde se hicieron esta foto, en el estudio que un tal Elías Bueno tenía en el número 7 de la Calle Mayor. Corría el año 1921 y España acabada de meterse un ostión del carajo en Annual, donde miles de bereberes cabreadísimos machacaron a unos cuantos soldaditos con pretensiones sobre su tierra. Resulta curioso que mis bisabuelos aparezcan así, tan panchos, mientras el país se iba al garete y se gestaba el golpe de estado de Primo de Rivera.
En 1922, un año más tarde, tuvo lugar uno de los episodios más espeluznantes de su vida. Desde Albacete, el matrimonio se había trasladado a Alicante, y desde allí se mudaron una vez más, ahora a Madrid. Para entonces ya tenían tres hijos: un niño de catorce, una niña de doce (mi abuela) y otra niña de año y medio que se llamaba Maruja. El mismo día que llegaron, la pequeña se puso enferma. No conocían a nadie y el ambiente debía de estar bastante revuelto, así que apenas pudieron hacer por ella: poco tiempo después, la niña moría. ¿Os imagináis cómo debieron de sentirse? A mí me impresiona imaginarles allí, en una ciudad tan grande, extraña y convulsa, velando el cadáver de una chiquilla sin más compañía que la de los otros hijos, unos críos. El impacto debió de ser tan grande que luego, cuando años más tarde tuvieron otra hija, la bautizaron Maruja en honor de la muerta. Pero la vida es una broma pesada, la más pesada de todas: la segunda Maruja también murió y ahora descansa con su hermana en algún cementerio de Madrid, sin que nadie sepa muy bien cuál.
En 1931 llega la II República. Ricardo pertenece a un partido de izquierdas y es nombrado Secretario de la Asociación Nacional del Magisterio, un cargo con cierta importancia. Tendrá que trasladarse a Sevilla. Esta vez, sin embargo, lo hará sin mi abuela, que está estudiando en la universidad para ser maestra como él. La familia se separa: unos se van a Andalucía y ella, la hija, termina regresando a Murcia, la tierra de sus padres. Sólo volverán a reunirse en 1936, cuando se casa con mi abuelo. Ricardo y su esposa vinieron desde Sevilla justo en el momento en que estalló la Guerra Civil. España se dividió en dos zonas y ellos ya no pudieron volver: se quedaron atrapados en casa de su hija. Años después bromearían con este incidente: “nunca hubo invitados que se alargaran tanto tiempo”.
Como es lógico, la guerra afectó a la familia. Inmediatamente después de la boda, mi abuelo tuvo que partir hacia el frente, a luchar en Madrid y junto al Ebro. Su mujer y sus suegros se quedaron en otro municipio de Murcia: Espinardo. Para entonces mi abuela ya se había sacado una plaza y era una de las tres maestras que había en el pueblo. El ambiente allí también estaba bastante agitado. Los izquierdistas más exaltados, movidos por un sentimiento de revancha de clase, fusilaban cada noche a algún pez gordo. Ricardo tenía un parentesco lejano con el cura, y como además gozaba de una relativa prosperidad económica, muy pronto le echaron el ojo. Un día aparecieron unos cuantos tipos con fusiles: habían venido a buscarle. Su mujer y su hija suplicaron llorando que no se lo llevaran, pero ellos estaban decididos. Eran gente humilde y bruta, campesinos resentidos por años de desigualdades y de envidia. No estaban dispuestos a dejarse enternecer por cuatro lágrimas. Pero la suerte, aunque parezca echada, siempre tiene dos caras: de repente, uno de aquellos tipos rudos reconoció a mi abuela porque era la maestra de sus hijos. En aquella época los profesores eran casi santos porque ayudaban a la alfabetización y el progreso de las clases populares. En un instante detuvo a sus compañeros y les dijo que no, que “aquella era la casa de la maestra y que allí no tenían nada que hacer”. Y se fueron. Todavía hoy, cuando pienso en esta historia, se me ponen los pelos de punta.
A partir de aquí todo vuelve a ser más o menos normal. Después de la guerra, Ricardo recuperó su trabajo de profesor en Sevilla. Allí estuvo hasta que se jubiló, y entonces regresó a su tierra. Tenía 70 años y corrían los años cincuenta del franquismo. En Murcia vivió con la familia de su hija, que era, a su vez, la familia de mi padre. Y justo cuando mi padre se iba a casar, allá por 1974, Ricardo se murió. Su mujer, a la cual yo conocí de niño, sólo le sobrevivió cinco años. Pero la historia no termina aquí, qué va. Algún tiempo más tarde, el ayuntamiento de Santomera puso su nombre a un colegio público. ¿Sabéis por qué? ¡Porque había sido la primera persona del pueblo que obtuvo un título universitario! Me gusta pensar que desde entonces, todos los chavales han estudiado en un colegio que le recuerda. Después de una vida así, es una bonita forma de pasar a la historia, ¿no?

4 comentarios:

Walter Kung Fu dijo...

De pasar a la historia y ahora, y gracias a ti, de conservarla. Magnífica historia real que, como tantas otras, son un ejemplo de lucha, de dignidad y de vida.

Siempre he creído que es una lástima que estas historias se pierdan en el olvido. Además de hacernos saber de donde venimos, nos enseñan lecciones de la vida y de la historia. ¡Maldita Guerra Civil! ¡Malditas guerras! ¡Y malditos aquellos que se empeñan en la provocación y en la confrontación!

No creo que sea tan díficil vivir tranquilamente en paz, que problemas ya tenemos todos los nuestros como para hacernos partícipes de otros no deseados ni buscados.

Rfa. podría ser una tarea interesante investigar más sobre tus ancestros. Yo siempre pensé en informarme sobre los míos. Sólo se necesita tiempo y ganas, pero uno puede encontrarse con gratas sorpresas y curiosas anécdotas.

Tu bisabuelo parece un hombre de coraje y sabio.

Anadja dijo...

Esto sí que es un homenaje, sí señor. Gracias Rafa.

Anónimo dijo...

qué bonita historia y qué bonita forma de contarla! Mientras leía me imaginaba a Ricardo, Jr, contándote sobre sus abuelos, con su manera reposada y poética de contar las cosas, y m'emocionao.

Noe tecleó una vez nuestro apellido en internet y salió una página del ayuntamiento de Portugalete que hablaba de nuestro padre (un poco sesgada y puritanamente, pero aún así) -recuerdo haberte mandado el enlace, Rfa-, y sentí la emoción que has debido sentir tú al descubrir esa foto y esa historia.

Pero me viene una pregunta a la cabeza al ver la imagen de tu bisabuelo...¿No estarás emparentado con Julito Chan?

Anadja dijo...

¡¡Recórcholis!!
¡¡¡ESTÁS EMPARENTADO CON JULITO CHAN!!!!
¡¡Tu bisabuelo es su vivo retrato!!
No hay duda. Yo que tú seguiría investigando en esa línea.